martes, 17 de enero de 2012

Capítulo 1; Aire.
Mikel abrió los ojos con ansiedad después de cinco años de sueños confusos, voces conocidas que se escuchaban a kilómetros de distancia y de sed, mucha sed.
Cogió más aire de lo que los pulmones podían soportar. Lo hizo varias veces hasta marearse.
-Señor…
Una voz femenina le llegó de lleno.
Poco a poco, entornando mucho los ojos, atisbó una mujer rubia que lo observaba muy seria.
-Señor.-¿Me oye?
-¡Si…!-exclamó, pero el aire se le escapó y no pareció para nada una palabra sino un sonido grutal.
La mujer sacó una pequeña linterna y la enfocó directamente a los ojos de Mikel. Luego le cogió la mano y le dijo:
-¿Puede apretarme la mano, señor?
Mike la apretó con fuerza aunque estaba seguro de que ella no lo había sentido.
-¿Puede mover las piernas?
El joven lo intentó, pero apenas alzó los pies un poco.
-¿Puede decirme cómo se llama?
-Mi...Mikel-farfulló.
-Mikel, ¿Sabe dónde está?
El chico miró a un lado y a otro.
Estaba en una habitación blanca, tenía un gotero a su derecha y a los pies de su cama había tres hombres. Se tocó la cabeza y comprobó que el pelo le había crecido hasta taparle la frente.
-¿Dónde está mi madre?-preguntó.
La mujer rubia miró a las otras personas y Mikel hizo lo mismo.
El hombre que estaba en medio, todo trajeado y con una calva incipiente que brillaba bajo los fluorescentes, carraspeó y dijo.
-Señor Soler, se encuentra en el hospital de La Piedad, en Metrópoli.
-¿Metrópoli?
-Mi nombre es Jaime Sánchez,-prosiguió.-soy el vice-presidente de nuestra ciudad. Estoy aquí porque esto nunca ha pasado, la verdad.-miró unos papeles que tenía en su mano.-Lleva usted cinco años en coma…
-¡¿Cin…cinco años?!-exclamó asustado.
-Señor, ¿posee usted una cuenta aparte de la de sus padres de la que podamos disponer?
-¡Mis padres!, ¿Dónde están mis padres?
-Señor Mikel Soler-comenzó Jaime-sus padres murieron hace un año y usted ha estado sobreviviendo gracias a sus cuentas, pero…
El llanto ahogado de Mikel le interrumpió.  Esa noticia le había caído como un jarrón de agua fría.
-Por favor, vuelvan más tarde.-pidió la mujer.
Jaime Sánchez asintió secamente y los tres hombres abandonaron la habitación con Jaime siempre a la delantera.
Mikel se incorporó un poco y su llanto se incrementó.
-¿Quieres agua Mikel?-le ofreció.
El joven asintió como pudo.
La mujer rubia fue al baño y volvió con un vaso de agua.
Mikel lo cogió nervioso y pegó un pequeño trago con tal mala suerte que se atragantó.
-Despacio…-susurró la mujer.
Ella le palmeó la espalda hasta que se calmó un poco.
-Yo…-intentó hablar pero hiperventiló de nuevo.
-Ssssh. No te preocupes. Es normal-la mujer le frotó la cabeza.-El señor Sánchez suele ser muy brusco, pero ya está.
-Cinco años…
-Ssssh…
Mikel se agarró a la mujer como un niño pequeño.


Jaime Sánchez entró en el ascensor del hospital y metió su llave en la ranura amarilla.
El ascensor dio un pequeño respingo y en vez de ir de arriba o abajo se desplazó con rapidez hacia un lado.
Los tres hombres cruzaron por un tubo cilíndrico que planeaba por encima de la ciudad y que terminaba en el edificio de al lado.
Las puertas se abrieron y Jaime entró a unas oficinas atestadas de gente. Atravesó un pasillo kilométrico hasta que llegó a una puerta con su nombre.
Los dos hombres que le acompañaban se quedaron en la puerta.
Jaime se sentó en su silla y sacó unos informes que guardaba en el cajón.
Eran casos de impago. Eran muchísimas, pero prefería revisarlas él, solía ser más justo que los funcionarios pagados por el estado. Fuera había demasiadas personas buenas falsamente ajusticiadas.
Tocaron a la puerta.
Rodolfo entró con su habitual talante.
-Me han dicho que ha despertado un chico en coma.-dijo a modo de saludo.
-Así es, señor presidente.
Rodolfo se sentó en la mesa y alzó una ceja.
-Y…¿Tiene dinero?
-No-Jaime miró hacia otro lado.
-Pues entonces échalo.
-Señor presidente, había pensado en darle un mes para que encontrara trabajo…
-Échalo Jaime.-dictaminó muy serio.-Nosotros no estamos aquí para pensar en tonterías.-se levantó.-Como si no hubiera cosas mas importantes que hacer…
-Si, señor presidente.
Rodolfo se marchó y Jaime golpeó la mesa.


-Te estas recuperando muy rápido.-dijo la mujer rubia mientras le movía la pierna.
-Gracias…-Mikel alzó la mirada tímido.-¿Cómo te llamas?
-Bea-respondió sonriendo.
Mikel sonrió al tiempo que pensaba que Bea tenia lo ojos más bonitos del mundo.
-Muy bien, creo que estas fenomenal.-Dijo sonriendo.-¿Te ves con fuerzas de ver al señor Sánchez otra vez?
Mikel suspiró profundamente y asintió.
Bea salió de la habitación y se dirigió a recepción. Pidió un teléfono y contactó con Jaime.
En pocos minutos el hombre estaba de nuevo allí con sus guardaespaldas.
Cuando estaban a punto de entrar, Beatriz le paró y le preguntó:
-¿Qué le va a ocurrir?
-El presidente ha dicho que si no tiene dinero sea expulsado de Metrópoli.
Beatriz le miró profundamente para luego apartar la cara.
Jaime entró en a habitación con su habitual semblante serio.
-Hola de nuevo, señor Solar.
Mikel suspiró.
-Siento tener que preguntarle de nuevo si posee una cuenta de la que disponer dinero para pagar las facturas.
-¿Las facturas del hospital?
-Las facturas del aire, señor.
-¿Aire?
Jaime frunció el ceño confundido.
-¿Nadie le ha explicado nada?
-¿Explicarme qué?
Jaime se acercó a Mikel más.
-Señor Solar, hace tres años que se han impuesto unas cuotas para poder disponer del aire.
-¿Qué?
-Si esas cuotas no son saldadas, el moroso en cuestión es expulsado de Metrópoli.
-¿Metrópoli?
-Sí, así es como se llama ahora el mundo que usted conocía.
-¿Y…a dónde van los que no pueden pagar?
-Fuera.-respondió secamente.
Mikel respiró agitadamente.
-¿Qué hay fuera?
-Hay casas con los recursos necesarios para sobrevivir.
Mikel se relajó
-Señor,  me temo que si no puede pagar…no puede permanecer en Metrópoli.
Hubo un extraño silencio para poder asimilar todo.
-Es surrealista…-susurró el joven.-¿Cuotas de aire?-Mikel abrió los ojos asustado y susurró-Fuera…fuera no hay aire, ¿verdad?
Jaime bajó la vista un momento. Sabía lo que tenía que decir en esos casos. Tranquilizar a la población era algo fundamental. “Hay aire, señor. Solo es un poco mas densa. La sensación es parecida a la que se experimenta en una montaña” recordó.
“Y una mierda” pensó. Había estado allí mas de una vez y la sensación no era no remotamente parecida. Pero era lo que tenía que decir.
-Hay aire, señor-dijo mientras alzaba la cabeza-Solo es un poco más densa. La sensación es parecida a la que se experimenta en una montaña.
Mikel relajó los hombros. Estaba muy asustado, pero no había comparación con el miedo que se  había posado en su pecho hace apenas unos segundos.
-En unos minutos vendrás a traerle ropa y calzado, además de una mochila con todo lo necesario.-le explicó.-Y en una hora estará fuera.
Jaime Sánchez salió sin despedirse e hizo el mismo procedimiento de antes sin no sentir una sensación de ansiedad por lo que acababa de hacer.


Le trajeron su comida. Era abundante y Mikel  la devoró con ganas.
No había rastro alguno de Bea. Preguntaba por ella cuando alguna enfermera entraba, pero ellas le decían que tenía mucho trabajo.
Como Jaime había dicho, en pocos minutos unas enfermeras trajeron ropa para él.  Constaba de un pantalón y una camiseta marrón y un chaleco verde oscuro. Tenía ropa interior de recambio y un jersey de lana verde. En su mochila encontró agua, toallitas húmedas,  una cajita de primeros auxilios y crema solar protección cincuenta. Esto último le sorprendió bastante, pero le sorprendió más aun cuando las enfermeras insistieron mucho en que se la echara.
Un hombre vino a buscarle y le dijo que cogiera todo.
Cuando salió de la habitación todo el mundo le estaba mirando, incluso algunos pacientes habían salido para ver como se llevaban al chico. Entre la multitud estaba Beatriz, que lo miraba lastimosa. Pero él no la vio, sino que se limitó a mirar al suelo avergonzado.
El hombre le guió hasta un coche y pasaron el trayecto callados.
Mikel se dedicó a observar todo. No parecía haber ningún cambio. La gente era normal, las calles eran normales… solo el cielo parecía haber cambiado. Tenía una tonalidad amarillenta y grisácea al mismo tiempo, no había ni una sola nube y parecía brillar. Un reflejo parecido al que hace un cristal. También le parecía raro que no encontrara  el sol. Había luz, pero no era capaz de encontrar al astro rey por ningún lado.
En algunos edificios se desplegaban enorme pancartas con la cara de un hombre y un lema que decía: Vota a Rodolfo. En varios idiomas además.
Tras una hora de viaje el coche se internó en un aparcamiento subterráneo. Pasaron por una especie de peaje y salieron el coche.
Entraron a un ascensor. El aparato freno y el joven observó una sala enorme llena de mesas, donde hacían cola la gente. Había mucho ajetreo, ruido de teléfonos y gritos.
Atravesaron todo aquel jaleo hasta llegar a una mesa donde nadie hacía cola. Una mujer con gafas bastante antiguas escribía en su ordenador. A las faldas de la mesa había una letra E.
-¿Nombre?-preguntó la mujer sin apartar la vista de su pantalla.
El hombre que acompañaba a Mikel sacó unos papeles y un carnet de color morado.
-Mikel Soler-leyó.
-¿Infracción?-preguntó monótonamente.
-Impago.
-¿Alguna propiedad requisada?
-No.
La mujer escribía muy rápido y solo miraba a la pantalla.
-¿Familiares?
-Ninguno.
Mikel suspiró al oír eso.
-Muy bien,-la mujer apartó la vista y miró a Mikel a través de sus enormes gafas.-La puerta de extracción es la 345. Por favor diríjase a la planta E y allí recibirá las indicaciones pertinentes.
Se giró en su silla y cogió un folio de color morado que acababa de salir de la impresora.
-Aquí tiene-le tendió el papel a Mikel, pero el hombre lo cogió antes.-Buena suerte.
La funcionaria se les quedó mirando con los labios fruncidos hasta que se fueron.
Entraron de nuevo en el ascensor y el hombre pulsó el botón con la letra E que tenía la misma caligrafía que la mesa.
Tardaron poco en llegar a una sala muy iluminada.
En realidad no era una sala sino un pasillo que daba la vuelta y del que no se veía final.
A la izquierda había una pared de color verde oscuro, y a la derecha había un cristal que empezaba en el suelo y terminaba cuando empezaba la pared. Solo se veía el cielo del extraño color y su brillantez. Efectivamente el brillo procedía de un cristal que cubría toda la ciudad.
Cada tres metros de cristal había una puerta de color marrón mate. Encima de dichas puertas había un número. Caminaron durante bastante rato hasta llegar a la puerta número 345.
El hombre que hasta ahora le había acompañado se despidió.
-Escucha lo que te digan con atención.-le aconsejó.
Un hombre bastante viejo y encorvado se acercó a ellos.
-El es Vicente.-dijo el hombre.-Te ayudará.
Dicho esto se fue y dejó a Vicente y a Mikel solos.
-A ver, muchacho. ¿Tienes la mochila?
-Si-Mikel la agarró con fuerza.
-Bien, bien.-sacó unas llaves de color de plata y eligió una.-¿Te has puesto crema?
-Amm…si.
la insistencia en la crema le preocupó bastante.
-Cuando salgas.-metió la llave en la puerta.-No te pongas nervioso, será peor. No respires profundamente, sino en pequeñas bocanadas. Así.-respiró muy poco mientras hacía movimientos con las manos, indicándole.-Busca una granja, la que sea.
-¿Granja?
-Si, si.-le cogió del brazo.-Son las casa que puso el estado. Entra en una de ellas lo más rápido que puedas, ¿me oyes? Lo más rápido, pero no corras, simplemente no te demores.
-Está bien.
-Allí hay buena gente, muchacho.-le sonrió.-Suerte.
Vicente abrió la puerta y le indicó que entrara.
Mikel se aventuró en una capsula de cristal. Había una barandilla de hierro que subían hasta la cintura. Si miraba hacia abajo solo veía tierra, pero muy alejada.
Vicente se despidió con la mano y cerró la puerta marrón.
En cuanto lo hizo un ruido de maquinaria pesada y vieja se coló y Mikel se agarró a la barandilla a modo de reflejo. La capsula se comenzó a desplazar hacia abajo. Cuanto más bajaba mejor divisaba la tierra. Veía las casas de las que le habían hablado. Estaban bastante separadas las una de las otras y parecían destartaladas.
El cristal comenzó a acabarse y en unos segundos estaba fuera.
El aire era muy denso, demasiado.
Una vez, cuando era pequeño, subió a una montaña con su padre. Cuando ya estuvieron arriba comenzaron las dificultades para respirar, pero Mikel recordaba que el aire le entraba en los pulmones sin dificultad. En cambio, aquí no parecía entrar aire. Era como respirar dentro de una bolsa.
Recordó lo que Vicente le dijo y empezó a dar pequeñas bocanadas.
La plataforma en la que estaba se paró y la barandilla se abrió sola.
Mikel empezó a marearse, pero se resistió.
Empezó a andar a paso acelerado en dirección de las casa, pero cuanto más andaba más se fatigaba y más requería respirar. Era un círculo vicioso.
Vio unos camiones aparcados, parecían militares.
En un par de segundos todo le daba vueltas. Apenas podía dar un paso recto, el aire no le entraba y sin poder evitarlo, se desplomó en la arena. Ya nada le importaba.
Tenía la certeza absoluta de que iba a morir en ese extraño desierto.
Alzó la mirada en busca de consuelo, pero allí no había nadie, ni un alma que pudiera socorrerle. Y aunque lo hubiera habido, difícilmente estaría seguro de eso, pues no enfocaba ni los granos de arena que rozaban su piel.
Intentó levantarse, pero el esfuerzo le obligó a tomar una bocanada de aire y se precipitó al suelo de nuevo.
“Se acabó” pensó.
Miró desesperado al horizonte sin esperar nada y vislumbró una sombra de color marrón y verde que se entrelazaba y se acercaba.
La mancha aumentaba hasta que se posó enfrente suya.
La sombra le dio la vuelta y Mikel comprobó horrorizado que se trataba de un monstruo con una máscara de gas.
-Soco...ro-farfulló.
Pero ya era tarde, monstruo le había cogido y Mikel simplemente se dejó llevar.



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